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La climatóloga brasileña Núbia Beray Armond advirtió durante años la necesidad que tenía Río de Janeiro de un plan para el calor extremo que incluyera la distribución de agua. El interés fue tibio hasta un desastroso concierto de Taylor Swift, y ahora su teléfono no deja de sonar.

Una ola de calor sofocante cubrió el sudeste de Brasil el día del concierto de Swift en noviembre pasado, justo antes del inicio del verano en el hemisferio sur. Decenas de miles de “Swifties” hicieron fila durante horas bajo un sol sofocante, algunos acurrucados bajo quitasoles. Una vez dentro, un grupo de fans sedientos lograron llamar la atención de Swift, quien hizo una pausa en su actuación para pedir al personal que les proporcionara agua.

No todos tuvieron tanta suerte. Ana Clara Benevides, de 23 años, sufrió tal exposición al calor que le provocó un paro cardiorrespiratorio durante el concierto y falleció.

Su muerte provocó indignación. Muchos acusaron a los organizadores de no entregar suficiente agua a los asistentes al concierto. El ministro de Justicia de Brasil dijo que la muerte era inaceptable y su ministerio emitió una regulación que obliga a los organizadores de eventos masivos a garantizar agua para los asistentes durante olas de calor.

Otros se sintieron motivados a consagrar el acceso al agua como ley, una señal de que las autoridades brasileñas han comenzado a considerarlo un problema de salud pública en un mundo cada vez más caliente.

Río está a la vanguardia. De los casi 100 proyectos de ley que se trabajan en las legislaturas municipales, estatales y federales, alrededor de un tercio se encuentran en el estado de Río, incluida la capital, según un análisis de la firma de información y consultoría Radar Gubernamental, que lo denominó “el efecto Taylor Swift”. Muchos de los proyectos de ley llevan el nombre de Benevides.

Niteroi, una ciudad en la región metropolitana de Río, fue la primera en aprobar una ordenanza municipal que garantiza el agua en eventos masivos.

“Sin lugar a dudas, la muerte de Benevides fue un punto de inflexión en el tema de la distribución del agua para la administración pública de Río”, dijo Beray Armond, coordinadora del laboratorio GeoClima de la Universidad Federal de Río de Janeiro e investigadora de la Universidad de Indiana, en Bloomington.

El verano en Brasil ha sido particularmente opresivo. Nueve olas de calor azotaron al país en 2023 y tres desde enero, según el instituto de meteorología del gobierno.

El índice térmico —que mide la sensación de la temperatura en el cuerpo humano al combinar la humedad con la temperatura del aire— alcanzó un récord de 59,3 grados Celsius (138 grados Fahrenheit) el día del concierto de Swift. Ese récord se ha superado cuatro veces desde entonces, la más reciente durante la ola de calor del 11 al 18 de marzo, cuando el índice térmico alcanzó los 62,3 grados Celsius (144 grados Fahrenheit) el domingo.

En Río, la gente buscó alivio en playas como Copacabana e Ipanema. Miles de sombrillas de colores ondeaban con la brisa del mar y la gente se sumergió en las olas. Pero a algunos, como Eduardo Alves de Castro, de 43 años, les resultó difícil relajarse.

“Es angustiante porque nos preguntamos hasta dónde llegarán estas altas temperaturas. La preocupación es que esto no tiene fin. Estamos en un lugar muy privilegiado: aquí frente a la playa te refrescas, pero hay gente en una situación mucho menos favorable y que está mucho más afectada”, dijo de Castro.

Durante las olas de calor, quienes no pueden pagar las facturas de energía del aire acondicionado las 24 horas del día suelen refrescarse con varias duchas al día, lo que agota el tanque compartido o aumenta las facturas de agua.

Muchas personas en las favelas —los barrios urbanos de clase trabajadora— no pagaban por el agua hasta que tres empresas privadas obtuvieron concesiones en 2021 y comenzaron a instalar medidores de agua. La mayor de ellas, Águas do Rio, dijo en un correo electrónico que ha proporcionado agua a 300.000 personas más desde que asumió el control.

Daiane Nunes, quien vive en la favela Rocinha, de Río, camina regularmente cuesta arriba hasta una fuente de agua natural en el bosque. Ella y otros residentes llenan botellas en un pequeño flujo de agua que hay allí.

“El agua que sale de nuestras tuberías es imposible de beber porque contiene mucho cloro. Además de comprar agua, esta es nuestra única posibilidad de conseguir agua natural”, dijo Nunes, de 33 años.

La escasez de agua para las poblaciones pobres y no blancas es un fenómeno mundial que se vuelve cada vez más grave a medida que aumentan las temperaturas globales.

Los estados y municipios brasileños necesitan desarrollar planes para la distribución de agua, determinar los costos y adoptar los mejores medios de gestión, dijo Luana Pretto, presidenta ejecutiva del Instituto Trata Brasil, un grupo de expertos que aboga por el saneamiento básico y la protección de los recursos hídricos.

En Río, antes del Día Mundial del Agua el viernes, la gente se agolpaba en la sala de conferencias de un hotel en el centro de la ciudad para compartir historias sobre sus problemas para acceder al agua.

El agua es intermitente en Jardim Gramacho, un barrio al lado de lo que hasta 2012 fue el vertedero más grande de Latinoamérica. Eso era angustiante para Fatima Monteiro, una funcionaria de salud comunitaria que sufre de hipertensión, lo que la pone en mayor riesgo de sufrir desvanecimientos y desmayos durante las olas de calor. Así que cavó un pozo improvisado.

“Tuve que hacerlo. No sabía cómo vivir con la falta de agua”, refirió Monteiro, quien asistió a la conferencia. Consciente de que el escurrimiento del vertedero había causado contaminación del agua, dijo que, por seguridad, utiliza el agua del pozo solamente para cocinar y lavar.

Días después de la muerte de Benevides, el Ayuntamiento anunció 150 áreas designadas dentro de los puestos de salud donde las personas que sufren deshidratación podrían recibir una solución salina para mitigar los impactos de las olas de calor.

Durante las festividades del Carnaval en febrero, la concesionaria de Águas do Rio distribuyó agua en el sambódromo, donde bailarines con trajes pesados desfilan junto a gigantescas carrozas. La empresa repartió agua a los asistentes al desfile que se congregaron antes de entrar a la avenida y después del evento, tras una hora de esfuerzo físico sudoroso.

Pero incluso mientras las autoridades intentan abordar el problema, ha habido deficiencias.

Los fanáticos del fútbol se quejaron de que se les prohibió ingresar al estadio Maracaná con botellas de agua antes del partido del domingo pasado, el mismo día en que el índice de calor alcanzó los 62,3 grados Celsius. El Ministerio de Justicia de Brasil pidió una aclaración a los administradores del Maracaná, y citaron las obligaciones de la regulación emitida a raíz del espectáculo de Swift en noviembre.

Río también comenzó a instalar dispensadores de agua gratuitos. Pero a medida que el verano llega a su fin, solo se ha instalado uno hasta ahora, en el barrio adinerado de Ipanema, e incluso ese ha resultado menos efectivo de lo deseado. Un periodista de The Associated Press visitó el dispensador en el calor sofocante del miércoles y ayudó a niños que tenían dificultades para usarlo, lo cual requiere escanear un código QR y completar un formulario en línea. Un hombre sin teléfono inteligente no pudo conseguir agua.

Si bien Beray Armond acogió con satisfacción los incipientes intentos de Río para proporcionar agua, está a la espera de ver si los proyectos de ley propuestos recientemente se convierten realmente en leyes.

“Si no hay una legislación que obligue a las entidades públicas o privadas a distribuir agua, básicamente estás condenando a tu población a la enfermedad o la muerte”, dijo Beray Armond. “Todavía tenemos que avanzar, pero es mejor que antes, cuando no teníamos nada”.



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