Saturday, January 10, 2026
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El emprendimiento social: cuando el negocio también transforma


Armando Díaz

En tiempos donde hablar de desarrollo económico parece limitarse a estadísticas y crecimiento financiero, es imprescindible recordar que no todo emprendimiento nace para generar lucro. Existe un tipo de emprendimiento que nace de una herida, de una necesidad colectiva, de una causa mayor. Me refiero al emprendimiento social sostenible, ese que transforma realidades, no solo economías.

Este modelo de negocio parte de una intención clara: resolver un problema social o ambiental de forma innovadora y sostenible. Son empresas que operan con el corazón en la comunidad y los pies en la tierra de la viabilidad. No persiguen solo ingresos, persiguen impacto. Y cuando logran ambas cosas, el cambio es irreversible.

Desde la perspectiva de validación, observo a diario cómo emprendedores y emprendedoras sociales enfrentan múltiples desafíos. No es por falta de voluntad ni de ideas brillantes, sino por un sistema que todavía no termina de entenderlos. Muchos se enfrentan a políticas públicas que no los reconocen, a estructuras legales que no contemplan sus modelos híbridos y a inversores que aún miden éxito en porcentajes de retorno y no en vidas transformadas.

El entorno económico actual también representa un muro: acceso limitado a fondos, poca educación financiera especializada y modelos de evaluación de riesgo que no consideran el valor social. La sostenibilidad económica de estos proyectos es una meta alcanzable, pero requiere creatividad, alianzas y un ecosistema de apoyo robusto.

En el plano social, sin embargo, el emprendimiento social representa un motor esperanzador. Conecta con la gente desde la empatía, no desde la transacción. Es aquí donde radica su poder: crea empleos en comunidades marginadas, empodera poblaciones vulnerables, rescata saberes culturales, protege el ambiente y rediseña la forma en que miramos la economía.

Pero la tecnología, si bien puede ser una gran aliada, también impone barreras. Muchos proyectos sociales carecen de las herramientas digitales necesarias para amplificar su impacto o automatizar sus procesos. La brecha tecnológica es, en ocasiones, otra capa de desigualdad.

Y en medio de todo esto, la urgencia climática nos exige que cualquier modelo de negocio —incluyendo los sociales— integre prácticas responsables. La sostenibilidad ambiental ya no es un lujo: es una obligación ética.

A pesar de todo, soy testigo de una generación valiente que no espera permisos para comenzar. Mujeres y hombres que se lanzan a emprender con propósito, conscientes de que cada paso que dan construye un país más justo.

Mi llamado, como académico y como ciudadano, es claro: necesitamos respaldar estos emprendimientos con políticas públicas, estructuras legales flexibles, inversión con propósito y visibilidad mediática. Porque cuando el emprendimiento nace de la empatía, el resultado no es solo un negocio exitoso, es una mejor sociedad.



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