Tomé el Tren Urbano rumbo a la estación Sagrado Corazón con la intención clara de llegar a las Fiestas de la Calle San Sebastián usando el sistema de transporte colectivo habilitado por el Municipio de San Juan.
Al bajar del vagón, una ola de personas descendió conmigo por las escaleras: una multitud vestida para la fiesta, con tenis cómodos, pantalones cortos, faldas, banderas de Puerto Rico amarradas al cuello, maracas, pequeños instrumentos y camisas con motivos de la SanSe y estampados del Viejo San Juan.
Había grupos de todas las edades, preparados para un viernes cargado de alegría, en un fin de semana que arrancaba con la expectativa de sobre 180,000 personas, según se registró desde la apertura oficial de las fiestas el jueves 15 de enero.
Bajé las escaleras eléctricas sin contratiempos y cruzamos la calle con rapidez gracias a la presencia de policías dirigiendo el tránsito. Justo detrás de la estación, un lote se transformaba en un punto de encuentro con barricadas, carpas y, a lo lejos, varias guaguas escolares alineadas, listas para llevarnos al Viejo San Juan.
La fila avanzó con rapidez. Había más de tres estaciones de cobro para pagar los cinco dólares del transporte colectivo, ida y vuelta. Antes de llegar a ellas, sin embargo, pasamos por los detectores de metales.
Pocos minutos después, ya estaba montada en una guagua con capacidad para unas 40 personas. La guagua no contaba con aire acondicionado, pero sí con asientos marcados por el uso y un interior que delataba sus años de servicio. No había luces ni adornos especiales, solo el calor compartido y la cercanía inevitable entre desconocidos.
El vehículo permaneció detenido brevemente, pero ese tiempo no se desperdició. Alguien sacó instrumentos y, casi de forma espontánea, comenzó una parranda.
Sonaron “Alegre vengo cantando” y “Caminan las nubes”, coreadas por toda la guagua. En la parte posterior, un hombre con pandera marcaba el ritmo y dirigía el coro.
De Niño Jesús que no hay quien los dude, que por el espacio caminan las nubes…
Luego vino el clásico “vámonos, vámonos, vámonos que la parranda se acabó”, una señal clara para que el chofer arrancara rumbo a la SanSe. Y así fue.
El trayecto fue una extensión de la celebración, con cantos, aplausos y gritos que evocaban el orgullo boricua, incluyendo el ya icónico “¡Acho, PR es otra cosa!”.
Desde Sagrado Corazón hasta el punto de despacho en Capitolio Norte, el viaje no tomó ni 20 minutos. A pesar de los cierres en el Viejo San Juan, las rutas estaban claramente delineadas para el transporte colectivo, con paradas estratégicas y el Capitolio sirviendo de telón de fondo antes de desembocar hacia la Plaza Colón.
Al llegar, la parranda terminó entre aplausos y bullas. La gente bajó en grupo, separándose poco a poco de esa celebración transitoria sobre ruedas para integrarse a la fiesta más grande del Caribe, dejando atrás el calor humano y la conexión cultural que se había tejido en los asientos de aquella guagua que partió desde Sagrado Corazón.
El mismo destino, otro trayecto
La experiencia en la ruta del estadio Hiram Bithorn no fue muy distinta, aunque tuvo matices propios. Desde el estadio, la música caribeña se hacía sentir antes incluso de abordar. Las barricadas guiaban claramente a las personas hacia las estaciones de pago, y el proceso de seguridad fue igualmente ágil, con múltiples detectores de metales y filas bien organizadas.
Una vez dentro, con la bandita verde ya puesta en mí muñeca, los trabajadores me indicaron con rapidez hacia dónde dirigirme. Llegué a la guagua casi sin detenerme, como si flotara entre instrucciones claras y movimientos sincronizados.
Noté, rápidamente, que este vehículo era distinto, ya que tenía luces LED rojas, aire acondicionado y una apariencia más moderna. No pude evitar pensar en el contraste con la guagua anterior, más austera, sin aire acondicionado, y un espejo de chofer colgando a un lado.
Aun así, pensé al momento que ambas compartían lo esencial: la capacidad del puertorriqueño de convertir cualquier espacio en una celebración, sin importar las condiciones.
Los pasajeros permanecieron en silencio, no por falta de ánimo, sino porque el chofer se encargó de subir la música a todo volumen, con clásicos de parranda y canciones del artista boricua Bad Bunny como “Café con ron”, además de temas como “No dejen que cante el gago”, de Víctor Manuelle.
La ruta fue prácticamente la misma, con unos diez minutos adicionales debido a un desvío por la zona bancaria antes de incorporarnos nuevamente hacia Sagrado Corazón, en dirección a Capitolio Norte.
Al llegar, las personas bajaron en grupo, encaminándose a pie hacia las Fiestas de la Calle San Sebastián.
Cómodo, organizado y cargado de ambiente cultural, el transporte colectivo no solo cumplió su función logística, sino que se convirtió, en sí mismo, en una antesala de la celebración.
