Thursday, February 5, 2026
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La infancia herida que nos espera mañana


Jesús Manuel Ortiz + columnista

El maltrato de menores no termina cuando cesa el golpe, el grito o el abandono. No se queda en la habitación donde ocurrió ni en el expediente judicial que se archiva. El maltrato infantil es una sentencia diferida: se cumple años más tarde, cuando ese niño indefenso se convierte en un adulto roto que intenta sobrevivir con cicatrices invisibles que nadie ve, pero que pesan todos los días.

Un menor maltratado no solo sufre en el presente. Aprende a desconfiar del mundo, a normalizar el dolor, a callar cuando algo está mal. Aprende, sin querer, que el amor duele, que la autoridad lastima, que pedir ayuda no siempre sirve. Esa herida temprana quiebra algo esencial: la posibilidad de crecer sin miedo. Y ese quiebre, aunque a veces se disimule, rara vez sana del todo.

Luego nos sorprendemos cuando vemos adultos con dificultad para amar, para confiar, para manejar la ira o para sentirse suficientes. Nos preguntamos por qué hay tanta violencia, tanta frustración, tanta incapacidad para convivir. Pero muchas de esas respuestas están en la niñez que no supimos proteger. El maltrato infantil no solo daña a un niño; compromete el futuro emocional, social y humano de toda una sociedad.

Por eso el maltrato es una de las formas más crueles de violencia: ocurre precisamente donde debería existir cuidado, refugio y protección. Ocurre en el hogar, en instituciones, en espacios donde el menor depende por completo del adulto. Ocurre cuando quien tiene poder falla o, peor aún, cuando elige mirar hacia otro lado.

No basta con indignarnos cuando un caso sale en las noticias. No basta con compartir la historia y pasar a la próxima. Cada silencio cómplice, cada sospecha ignorada, cada “no es asunto mío” coloca otro ladrillo en esa sentencia futura. Todos tenemos un rol, aunque sea pequeño: escuchar con atención, denunciar sin miedo, educar con sensibilidad, acompañar con empatía, exigir mejores sistemas de protección y apoyo.

La infancia no es una etapa que se supere sin consecuencias. Es el cimiento de todo lo que viene después. Si ese cimiento se quiebra, el edificio entero queda vulnerable. Proteger a un menor hoy no es solo un acto de compasión; es una inversión moral en el mañana. Porque cada niño que salvamos del maltrato es un adulto menos condenado a cargar una herida que nunca debió existir.

Y ese futuro, bueno o herido, lo estamos construyendo ahora.

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