Por Centro de Periodismo Investigativo
Basta con un breve trayecto en motora —de esos que dejan los nervios de punta— para llegar a los campos de arroz de Guillaume Josaphat. Partimos de Ouanaminthe, una ciudad comercial en la frontera entre Haití y la República Dominicana, a la que se le conoce como Wanament en creole y Juana Méndez del lado dominicano. Josaphat, un agricultor de 60 años, conduce su motora con maestría, esquivando grandes charcos de agua turbia o atravesándolos directamente si los ve poco profundos.
En ese viaje de minutos, el paisaje cambia drásticamente: un camino de fango y lleno de basura en los barrios marginales da paso a un campo llano y verde. Una vez en el lugar, a la izquierda de una senda de gravilla y hasta donde alcanza la vista, se extiende un mosaico de plantaciones de arroz, maíz, guineos, mangós y aguacates, así como rebaños de vacas, separados por angostos canales de riego rebosantes de agua color arcilla. A la derecha, la monótona extensión gris del muro fronterizo dominicano —cuya construcción inició en 2021 por orden del presidente Luis Abinader— cumple su propósito: dividir la isla de La Española y frenar el paso de migrantes haitianos.
Josaphat estaciona su motora bajo un árbol e inicia a pie el recorrido por la finca de poco más de 10 cuerdas, que posee desde 1997. “Esta es la llanura de Maribahoux, una de las zonas agrícolas más fértiles de Haití”, explica en creole en este domingo de octubre de 2025, mientras avanza con paso ligero por sus campos. Sin embargo, hace sólo dos años, esta exuberante región agrícola de más de 30,000 cuerdas languidecía por el clima cada vez más seco.
Antes, las dos temporadas de lluvias anuales, de abril a junio y de septiembre a enero, eran fiables en este rincón del noreste haitiano, lo que permitía a los campesinos planificar sus labores. Pero en las últimas dos décadas, las precipitaciones se han vuelto erráticas, con periodos de sequía inusualmente prolongados e intensos.
“Todo empezó en 2006; ese año no llovió nada”, relata Josaphat. “El cambio climático nos golpeó duro. Esta zona se convertía en desierto. Estábamos desesperados. Los arroyos se secaban. No encontrábamos agua para los animales”.
Sus colegas agricultores lo escuchan y asienten.
“Cuando era joven, llovía lo suficiente como para cultivar alimentos en abundancia. Pero con los años se complicó cada vez más y las cosechas fallaban a menudo”, narra Joseph Denis, de 58 años y campesino del pueblo vecino de Ferrier, otra localidad en la llanura de Maribahoux. Perforar pozos no era viable para los campesinos de la región, dado el costo de las bombas y del combustible.
Los datos climáticos confirman las observaciones de los campesinos. En un informe de marzo de 2023, el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas afirmó que Haití atravesaba “un ciclo multianual de condiciones secas y calurosas inusuales, reveladas por registros satelitales”, con “las partes nororientales del país más severamente afectadas”. Expertos de la academia coinciden en que el cambio en los patrones de lluvia observado en esa zona de la isla es, con toda probabilidad, consecuencia del cambio climático. Uno de los efectos de este fenómeno global, causado por gases de efecto invernadero emitidos por la actividad humana, es “el aumento en la intensidad y frecuencia de eventos meteorológicos extremos”, como “sequías e inundaciones”, además del “alza de las temperaturas globales que afectan la agricultura”, explica Pierre Paul Audate, profesor asistente del Departamento de Geografía de la Universidad de Montreal.
A Haití le ha ido particularmente mal en este aspecto. La nación caribeña “es uno de los países más vulnerables” a la crisis climática, afirmó Evens Emmanuel, vicerrector de investigación e innovación de la Universidad Quisqueya en Puerto Príncipe, al citar estudios internacionales.
La vulnerabilidad del país tuvo consecuencias trágicas una vez más con el huracán Melissa a finales de octubre de 2025. Melissa tocó tierra en Jamaica el 28 de octubre como huracán de categoría 5 en la escala Saffir-Simpson —con vientos de 185 millas por hora—, y en el este de Cuba al día siguiente, como categoría 3. A diferencia de estas islas vecinas, el centro del potente sistema no pasó por Haití. Pero las lluvias intensas que azotaron el sur de Haití durante varios días a finales de octubre, mientras el huracán permanecía detenido sobre el mar Caribe, bastaron para causar destrucción generalizada. Según datos oficiales que no han sido actualizados desde noviembre, al menos 43 personas murieron en las inundaciones provocadas por Melissa en Haití y 13 siguen desaparecidas.
“Aún no hay un conteo oficial final de fallecidos”, dice Quetya Aubin, periodista científica. Aubin atribuyó esa falta de transparencia en la información a “la situación en Puerto Príncipe”, la capital: Haití lleva años en una crisis política cada vez peor, agravada por la violencia extrema de pandillas en gran parte de la capital y en otras regiones del país. Por eso, “llegar a las zonas afectadas por el huracán no es fácil”, añade Aubin, miembro de la unidad de investigación sobre cambio climático de la Universidad Quisqueya.
Más de la mitad de las víctimas conocidas del huracán murieron en Petit-Goâve, una localidad costera a unas 40 millas al oeste de Puerto Príncipe. En las primeras horas del 29 de octubre, el río La Digue rebasó sus márgenes e inundó los barrios La Digue y Borne-Soldat, arrasando casas y autos.
“Eran la 1 o 2 de la madrugada. Oímos ruidos fuertes que nos despertaron y el agua ya rodeaba la casa”, relata Nikenson Saintil, de 36 años y oficial de relaciones públicas de la Asociación de Seminaristas para el Desarrollo de Petit-Goâve, una organización no gubernamental (ONG) local.
Según Saintil, unas 150 viviendas quedaron destruidas en esa zona donde “vivían unas 700 familias”.
“El huracán destruyó nuestra casa y la llenó de lodo”, relata Mattania Simon, de 24 años. Simon, quien es estudiante de biología médica, vivía con sus padres, hermanos y un primo en una casa de un piso en Borne-Soldat, a unos 100 metros del río. “Está lejos del río. Nunca pensamos que corríamos riesgo de inundación”, afirma.
Sin embargo, esa noche fatídica, en minutos, Simon se vio “hasta el cuello en agua sucia”. Sobrevivió gracias al ingenio rápido de su hermano menor: él ayudó a la familia a subir al tejado justo antes de que fuera tarde. Pero no pudo salvar a una mujer discapacitada de 22 años que vivía con ellos. “Se ahogó”, narra Simon.
“Unas 30 personas murieron en Petit-Goâve, 26 solo en Borne-Soldat”, asegura Saintil.
La estudiante cuenta que su familia “lo perdió todo”: la casa, reconstruida tras el terremoto del 12 de enero de 2010 que devastó Puerto Príncipe; los libros y materiales de estudio de Simon y el negocio de su madre. Ahora están dispersos: los padres y hermano de Simon viven con parientes en Léogâne, mientras ella y su primo permanecen en Petit-Goâve, sobreviviendo en un campamento precario para desplazados en el patio de la alcaldía. “No tengo techo. Nos empapamos cada vez que llueve”, denuncia.
“Allí quedan 43 familias, unas 160 personas, incluidos 55 menores”, detalla Saintil, cuya ONG brinda apoyo clave a los sobrevivientes en Petit-Goâve. “Llevan más de dos meses sin hogar y sin un lugar para ir”, lamenta el portavoz, mientras denuncia las condiciones degradantes e insalubres de los refugiados en el lugar, como que todos comparten una sola ducha.
Alrededor de “una docena” de familias más, sin hogar por el huracán, se refugiaron en el barrio Anba Fò, donde pasan las noches “en la calle, sin protección”, explica Nancy Desséjour Policier, directora de la Unión para el Desarrollo y Respeto de la Mujer Haitiana, una organización dirigida a las mujeres en Petit-Goâve.
El 29 de diciembre, los damnificados protagonizaron una protesta pacífica frente a la alcaldía de Petit-Goâve, exigiendo a las autoridades reubicarlos a un lugar digno.
Pero sus ruegos han caído en oídos sordos.
“Aún hay muchas necesidades humanitarias urgentes: vivienda decente, educación para niños, actividades generadoras de ingresos para los padres, asistencia médica, ropa, comida y agua potable”, lamenta Desséjour Policier. La líder de la ONG señala que “gran parte de la devastación del huracán sigue visible” tres meses después: muchas vías y casas dañadas necesitan reparación, y algunas zonas “aún están cubiertas de lodo”.
Incluso en partes de Haití menos afectadas por el huracán Melissa, los efectos persisten. Las inundaciones fueron graves en Les Cayes, la ciudad más grande del sur, “pero es un problema recurrente aquí”, dijo Sarah Cécina Joseph, dueña de un negocio local, quien notó poco daño permanente en su ciudad.
No obstante, los precios de los alimentos subieron debido a la destrucción en zonas agrícolas.
“Muchas matas de plátano no resistieron el viento y ahora los plátanos escasean en el mercado”, explica Cécina Joseph. “Principalmente, somos las mujeres quienes lo notamos porque nosotras compramos la comida”. El precio de un racimo de dos o tres plátanos —base de la cocina haitiana— se triplicó en Les Cayes a 250 gourdes, o $2.
Según la ONU, Melissa desplazó a más de 16,000 personas a refugios temporales en Haití. La tormenta afectó a “1.25 millones de personas en 59 municipios”, destaca la ONU en un informe del 6 de noviembre, y añade que hasta el “90%” de cultivos se destruyeron en algunas áreas, complicando la vida de “comunidades ya severamente afectadas por inseguridad alimentaria”.
Esto ocurrió en casi todos los distritos alrededor de Petit-Goâve, afirma Aubin.
Inundaciones y erosión del suelo son los principales riesgos ambientales en esa región y otras partes del país, añade la periodista científica, quien recuerda que los huracanes Jeanne (2004), que afectó Gonaïves, y Matthew (2016), que impactó la zona sur de Haití, fueron “mucho peores que Melissa”.
Pese a las devastadoras inundaciones huracanadas, Haití enfrenta “escasez absoluta de agua” con distribución “altamente desigual” en esta isla montañosa, advirtió Emmanuel. La amenaza de escasez generalizada está vinculada al crecimiento poblacional, nota el académico de la Universidad de Quisqueya.
La región del noreste, “una potencia agrícola con mucha ganadería”, atraviesa por sequías recurrentes, alerta Emmanuel, quien añade que la alta salinidad de las aguas subterráneas las hace inapropiadas para riego.
“Las sequías empeoran por la deforestación”, destaca el profesor Audate. Nativo del noreste haitiano, el profesor ha visto de cerca “la disminución del caudal” en los arroyos locales.
Nace el canal de Ouanaminthe
Hace 15 años, ante las sequías que arruinaban cosecha tras cosecha, los campesinos de Maribahoux exigieron una red de canales de riego. El sistema se alimentaría del río Masacre —o Dajabón en español—, que serpentea por la frontera haitiano-dominicana hasta el océano Atlántico. El Gobierno haitiano respaldó inicialmente el proyecto. Las obras arrancaron en 2013, pero avanzaron de forma lenta e intermitente a medida que se agotaban las subvenciones estatales, dilapidadas, según creen muchos habitantes, por funcionarios corruptos. Luego, el asesinato del presidente Jovenel Moïse en julio de 2021 sumió al país en una nueva ola de inestabilidad y la construcción se detuvo por completo.
Finalmente, las asociaciones de agricultores, que representan a unos 5,000 campesinos de la región, decidieron que era hora de que la comunidad se pusiera manos a la obra. Se propusieron completar la infraestructura por su cuenta: una estructura de mampostería de 1.7 millas de longitud que conduce el agua desde el río hasta la llanura de Maribahoux, donde se ramifica en una densa red de canales secundarios y zanjas de riego.
“En agosto de 2023 empezamos a excavar. Fue un esfuerzo colectivo; miles de voluntarios”, explica Mackendy Josaphat, hijo de Guillaume, con voz orgullosa. “Participé como todos: hice herrería y albañilería”, dice el agricultor de 38 años, quien fue elegido presidente del comité gestor del canal en marzo pasado.
Los campesinos locales financiaron el proyecto, con apoyo sustancial de la diáspora haitiana que siguió el avance por redes sociales en esta konbit —labor comunal tradicional de la ruralía haitiana, similar al “convite” vecino—.
Sin embargo, la construcción de los canales tensó aún más las ya frágiles relaciones entre Haití y la República Dominicana. El Gobierno dominicano alegó que violaba un tratado de 1929 y aumentaba los riesgos de sobreuso y crecidas en el río Masacre. En protesta, cerraron la frontera durante semanas, lo que afectó el comercio en Ouanaminthe y Dajabón. Las ciudades gemelas dependían del intercambio transfronterizo.
Pero el bloqueo diplomático avivó el patriotismo en Haití y el Gobierno haitiano evitó intervenir. “La conducta inapropiada del presidente dominicano despertó el espíritu haitiano”, cuenta Jacques-Sauveur Jean, dueño de más de 120 cuerdas sembradas de arroz en Mérande, cerca de Ferrier. Los campesinos desafiantes bautizaron el proyecto “KPK”, siglas de “Kanal Pap Kanpe” (Canal Imparable).
“República Dominicana ya tiene 11 canales de irrigación de ese lado del río. Uno o dos canales del lado de Haití no implican gran cosa”, destaca Emmanuel, haciendo eco de la opinión generalizada sobre el uso compartido del agua del río entre ambos países.
En marzo de 2024, el agua del río Masacre fluyó a los campos de Maribahoux, lo que transformó las vidas de los agricultores.
“Antes cosechábamos como máximo cuatro toneladas por acre al año, sin contar fallos. Con riego producimos entre cuatro a siete toneladas por acre”, detalla Jean, empresario de 58 años.
Jean, exsenador y cantante del ritmo conocido como konpa (su nombre artístico es “Jackito”), construyó un parque temático de canales cerca de su fábrica de granos. Incluye un bar con piscina al aire libre, cabañas playeras y una fuente en un parque con palmeras y matas de guineo. “T-Kanal Park celebra la culminación del canal”, dice el emprendedor.
“Ahora tengo tres cosechas al año; antes, sólo una”, destaca Rochenel Paulimus, de 50 años y dueño de unas 10 cuerdas de arroz y de otro tipo de siembra en Ferrier. Con mejores ingresos, mejoró su casa y compró una motora por 150,000 gourdes (unos $1,150) en efectivo. “Antes solo tenía una bicicleta”, dice.
Padre de ocho hijos —seis aún en edad escolar—, Paulimus ahora paga la matrícula de la escuela en Ouanaminthe en octubre, cuando inician las clases. Hasta hace dos años, sus hijos empezaban a estudiar en enero, lo que les hacía perder tres meses de clases.
“No podía pagar antes de la cosecha de arroz”, confiesa.
Y con arroz abundante, el precio de venta bajó hasta 30%, beneficiando a la comunidad. Un saco de 110 libras “ahora cuesta 21,000 gourdes ($160), antes 31,000”, expresa Paulimus con satisfacción.
El éxito del KPK ha inspirado otros proyectos comunitarios. Cerca de Malfety, barrio próximo a Fort-Liberté (a media hora de la frontera), campesinos construyen con konbit un canal de alrededor de una milla, bautizado KPR (“Kanal Pi Rèd” o “Canal Más Firme”). “Regaremos más de 18,000 cuerdas”, dijo entusiasmado el ingeniero Claude Louis.
Pero ese miércoles soleado de octubre, el sitio estaba silencioso. “El proyecto paró varios días por falta de arena, grava y cemento”, admite el coordinador, algo desanimado, pero optimista. Las obras se reanudaron semanas después y los avances se han registrado en las redes sociales.
Aunque hasta ahora han realizado la mayor parte del trabajo por su cuenta, los campesinos de Maribahoux podrían recibir pronto una ayuda muy necesaria. En las zonas agrícolas alrededor de Les Cayes, en el sur de Haití, especialistas han contribuido a aumentar los rendimientos “mediante la introducción de técnicas más eficientes, pero también de nuevas variedades de cultivos”, explica Gaël Pressoir, director científico del Centro Haitiano de Innovación en Biotecnología y Agricultura Sostenible, una institución conocida por su acrónimo en francés, CHIBAS. El proyecto ha sido posible gracias a fondos gubernamentales y ayuda internacional. “Esperamos llevar esto al noreste, para apoyar a las comunidades de allí y ayudarles a sacar el máximo provecho de estas zonas recién irrigadas”.
Sin duda, los agricultores de Maribahoux acogerán cualquier apoyo. Para empezar, les gustaría consolidar la infraestructura.
“Aún necesitamos construir embalses, instalar compuertas para regular el flujo y colocar gaviones para proteger los taludes de la erosión”, dijo Mackendy Josaphat, mientras contemplaba el río Masacre desde el monumento erigido por los constructores del canal para conmemorar este logro colectivo. “Es temporada de lluvias y hay que hacer trabajos de mantenimiento. El Estado nos prometió 500 millones de gourdes ($3.8 millones), pero todavía no hemos recibido ni un centavo”.
Para esta historia se contactó en tres ocasiones a un representante local del Ministerio de Agricultura de Haití en el departamento del noreste, pero no respondió.
Pero dar mantenimiento a la infraestructura no basta. También hay que buscar gestionar la obra de manera equitativa a largo plazo para que los agricultores cuyas parcelas están al final del sistema reciban agua también. “He visto sistemas de riego en los que todos se pelean y los agricultores literalmente van por ahí con pistolas en la cintura”, afirma el doctor Pressoir. “La gestión es crucial, sobre todo en un país que no cuenta con un gobierno eficaz para encargarse de este tipo de cosas”.
Por ahora, el reparto de agua no es un problema mayor en Maribahoux. Pero sí urge maquinaria. “Tenemos agua, pero necesitamos equipos mecánicos”, dijo Guillaume Josaphat en sus arrozales. Parado allí, saludó a campesinos que siembran yuca al otro lado: uno tocaba tambores, otro araba con dos bueyes blancos. “Estos bueyes aran una hectárea (2.5 cuerdas) en 10-15 días, pero con un tractor puedo arar cuatro al día”, comenta.
“Coseché un campo hace dos meses y no lo he arado por falta de tractor”, se queja su amigo Paulimus. “Y aunque alquilara uno, no hay suficientes caminos en las fincas, por lo que no todos los vehículos pueden pasar”.
Paradójicamente, hoy los agricultores de Maribahoux tienen menos acceso a maquinaria que en el pasado.
“Antes, los contratistas dominicanos cruzaban el río con sus cosechadoras combinadas y cultivadores rotativos”, explica el doctor Pressoir. Pero ahora el muro fronterizo impide ese tipo de cooperación transnacional. Y a los campesinos haitianos les cuesta completar las labores agrícolas a mano porque “en Haití hay escasez de mano de obra en el sector agrícola”, añade el agrónomo, quien dice que “los jóvenes no quieren ser trabajadores de las fincas”, por lo que la mayoría de los agricultores “tienen 50 o 60 años, o incluso más”.
“Así que las organizaciones campesinas del noreste tienen mucho trabajo por delante para encontrar soluciones a todos estos problemas”, dice el doctor Pressoir. Pero, comparado con la situación antes de que se construyera el canal de riego, “estos son buenos desafíos con los que lidiar”.
Para muchos haitianos, la red de riego de Maribahoux, motivo de orgullo, es un ejemplo elocuente de “restauración ambiental, es decir, la adopción de prácticas sostenibles de gestión de los recursos naturales para combatir la deforestación y la erosión del suelo”, afirma Aubin, investigadora científica de la Universidad Quisqueya. Sin embargo, advierte que, para fortalecer la resiliencia de Haití frente al cambio climático, se requiere un enfoque integral.
Aubin menciona una larga lista de medidas que van desde programas masivos de reforestación que prioricen especies adecuadas al clima local hasta la promoción de la conciencia ambiental en escuelas y comunidades. Además, proteger los manglares y los arrecifes costeros y desalentar el uso de carbón vegetal en los hogares.
En concreto, gran parte del daño causado por el huracán Melissa podría haberse evitado “si se hubieran tomado medidas preventivas, como el dragado regular de los cauces, el mantenimiento adecuado de los sistemas de drenaje y una mejor gestión de las zonas de alto riesgo”, dice Desséjour Policier, líder de la ONG de mujeres en Petit-Goâve.
“Solo en el ámbito ambiental hay muchísimo por hacer”, destaca Aubin. “Haití necesita con urgencia funcionarios responsables de políticas públicas capaces”.
