En el show de medio tiempo del Super Bowl, se presentaron imágenes del cañaveral como elemento romántico, alusivo a nuestra puertorriqueñidad. Los millones que vieron el cañaveral ondeando no sabrán que ese elemento nostálgico realmente es un anacronismo doloroso, el recuerdo de un pasado que quisiéramos olvidar.
La caña fue el monocultivo que no solo acaparó nuestra agricultura, sino que se convirtió en el producto principal de nuestra economía desde comienzos del siglo 20 y mantuvo su importancia hasta los años 50 y 60. De ahí en adelante, empezó a languidecer, con menos tierras dedicadas a su cultivo y con el cierre paulatino de las centrales azucareras. Si estamos dispuestos a ser honestos, la siembra de caña fue la expresión de la opresión a un pueblo. Grandes latifundios que pertenecían a empresas norteamericanas. Este era el modelo de producción de la caña de azúcar. Trabajar la caña era bien duro. Las condiciones de trabajo, entiéndase laborar largas horas bajo el sol, las sorpresas que se pudieran enfrentar en el terreno, el picor producido por los filamentos de la guajana, los accidentes en el trabajo, aunque difíciles palidecían frente a la pobre paga, y el maltrato y caprichos de los capataces y de los jefes de la central. “Bagazo”, cuento de Abelardo Díaz Alfaro en su libro Terrazo, nos habla de la desesperanza del trabajador de la caña y el menosprecio recibido cuando ya no era productivo. La angustia del negro Domingo, por no poder sostener a Susana y a los negritos al ser desechado por el capataz, nos golpea desde sus páginas. “Eso soy yo, gabazo; dispué que me sacaron el jugo me botan”, palabras dichas desde la rabia y el dolor. Trágico relato que el autor, como trabajador social, pudo conocer y quiso inmortalizar.
Hablo de lo que viví. Mis familiares en San Sebastián, mejor conocido como Pepino, trabajaron en la caña. Las centrales La Plata, entre San Sebastián y Moca; y Soller, en el barrio Cibao, entre San Sebastián y Camuy, fueron fuentes de trabajo para cientos sino miles, en su mayoría hombres, con poca escolaridad. Mi abuelo materno trabajaba dos turnos en la central a café puya y cigarrillos. No fue casualidad que muriera de enfisema pulmonar. Su primera esposa, mi abuela, murió de tuberculosis en 1940, dejando dos huérfanas de 2 y 4 años, entre ellas, a mi madre. Ese año murieron cerca de 5,000 personas en Puerto Rico por la tisis. Cuando cerraron las centrales, casi todos mis familiares emigraron a Nueva York, New Jersey y Connecticut. Dejaron el verdor del campo para sembrarse en la Babel de hierro, tartamudear en inglés, pasar frío y, lo peor, sufrir el discrimen por ser boricuas, todo para poder sostener a su familia. Los que conocí que trabajaron en la caña tenían la piel de la cara tostada, las manos arrugadas, la piel de los brazos llenas de cicatrices por las llagas, y lo peor, amargura.
Ese fue el Puerto Rico forjado con esfuerzo, con sacrificio y con lágrimas. En ese Puerto Rico, cuando llegaba el momento de la carencia y la vulnerabilidad, se dependía del amor de la familia, la solidaridad de la comunidad y de la fe en Dios. A ese pasado no fue que se hizo referencia en el show del Super Bowl. Los que crearon esas imágenes no saben de lo que hablan. Aquellos que ven la mujer como objeto de placer, que se enorgullecen en las muchas “novias” que tienen, que exaltan el uso de drogas y alcohol, que glorifican la violencia y la vida desordenada, son una burla a ese Puerto Rico. No lo representan. A mí tampoco me representan.
Lo peor de todo es que haya gente que, en nombre de la cultura y porque aparece el nombre de Puerto Rico, no quieren ver lo vergonzoso de las letras. “Son ciegos guía de ciegos.”
Será el respeto, el trabajo honesto, el esfuerzo y la disposición al sacrificio y a la solidaridad el mejor reconocimiento a los que sudaron la patria en el cañaveral.
