Thursday, February 26, 2026
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Agua en Puerto Rico: más allá de la crisis del momento


Jesús Manuel Ortiz + columnista

La discusión pública sobre el servicio de agua en Puerto Rico vuelve a encenderse, y con razón. Las interrupciones recurrentes, las bajas presiones y los sectores que pasan días sin servicio evidencian fallas operacionales que requieren atención inmediata. Pero si algo debemos aprender de esta coyuntura, es que el problema no comenzó ayer.

Sí, hay cuestionamientos legítimos sobre la ejecución actual. Nombramientos políticos, pugnas entre bandos del partido de gobierno han catapultado el caos. Pero reducir la conversación exclusivamente al desbarajuste actual sería un costoso error.

Puerto Rico arrastra por décadas un déficit estructural de inversión y mantenimiento en su infraestructura de agua. El sistema es complejo, envejecido y altamente vulnerable a fallas en cadena. Basta recordar que, en 2025, la ruptura de una tubería principal dejó sin servicio a más de 165,000 abonados en 15 municipios, evento que fue atribuido, entre otros factores, a problemas de mantenimiento.

Cuando la infraestructura crítica no se mantiene de forma sostenida, los sistemas no fallan de golpe: se degradan silenciosamente hasta que ocurre la crisis visible. Eso es precisamente lo que debemos evitar.

El ejemplo de Flint, Michigan, sigue siendo una advertencia poderosa. Allí, una combinación de decisiones administrativas deficientes y falta de controles adecuados permitió que el sistema de agua potable expusiera a miles de residentes, incluyendo niños, a contaminación por plomo. Flint nos enseñó que los problemas de agua no son solo técnicos: son fallas de gobernanza, supervisión y mantenimiento.

Puerto Rico no está en ese escenario, pero la lección es clara. La seguridad hídrica no se protege reaccionando a emergencias; se protege invirtiendo consistentemente en infraestructura, monitoreo y mantenimiento preventivo.

La conversación pública debe exigir cuentas por la ejecución inmediata, por supuesto que sí. Pero también debe empujarnos a una política pública más madura: una que entienda que el verdadero riesgo no es solo la avería de hoy, sino la infraestructura que se deteriora mañana si no se atiende con visión de largo plazo.

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