El presidente Donald Trump habló durante más de una hora y cuarenta minutos. No fue un mensaje breve, ni sobrio, ni particularmente institucional. Fue, más bien, un ejercicio prolongado de autoafirmación política en el que la línea entre informe constitucional y mitin de campaña prácticamente desapareció.
La Constitución exige que el presidente informe sobre el estado de la nación. Lo que vimos anoche fue otra cosa: una narrativa cuidadosamente construida para proyectar éxito absoluto, fortaleza indiscutible y vindicación histórica —aun cuando los hechos recientes plantean interrogantes serios.
El presidente pintó un país en pleno auge económico, con fronteras bajo control total, instituciones funcionando con eficiencia ejemplar y una administración que avanza sin tropiezos. Escuchándolo, uno pensaría que no existe incertidumbre económica, que el revés reciente en el Tribunal Supremo sobre su política arancelaria fue irrelevante, que el cierre parcial del Departamento de Seguridad Nacional es un detalle menor y que las controversias que rodean a su gobierno pertenecen a una realidad paralela.
Pero el país real no desaparece porque se omita en el podio.
Lo que más llamó la atención no fue la extensión del discurso, sino su falta de verticalidad. En momentos en que el país enfrenta tensiones económicas, polarización institucional y dudas sobre el rumbo fiscal, era razonable esperar un tono más responsable, más transparente, más directo.
En vez de eso, predominó la exageración y la simplificación. Las cifras se presentaron sin contexto. Los obstáculos se atribuyeron exclusivamente a enemigos políticos. Los fracasos se minimizaron. Las decisiones judiciales adversas se reinterpretaron como victorias morales.
Un mensaje sobre el Estado de la Unión debería reconocer complejidades. Gobernar no es relatar una épica personal; es administrar realidades incómodas. Anoche, sin embargo, la narrativa fue lineal: todo marcha mejor que nunca y cualquier señal en contrario es producto de sabotaje.
Ese tipo de discurso puede entusiasmar a la base, pero difícilmente fortalece la confianza de quienes buscan claridad.
El presidente insistió en que la economía vive un momento histórico. Sin embargo, amplios sectores del electorado expresan preocupación por el costo de vida, la volatilidad en los mercados y la incertidumbre que generan conflictos comerciales y litigios judiciales.
Celebró el manejo migratorio como un triunfo absoluto, mientras el cierre parcial del Departamento de Seguridad Nacional evidencia un tranque político profundo. Describió una administración imparable, aunque el Tribunal Supremo le recordó, hace apenas días, que el poder ejecutivo tiene límites.
El contraste fue evidente: un discurso diseñado para proyectar control total en medio de un escenario político complejo. Y quizás ahí reside el verdadero problema. No es que un presidente defienda su gestión; eso es natural. Es que lo haga desconectado de la experiencia tangible de millones de ciudadanos.
Si algo quedó claro anoche es que la campaña hacia las elecciones de medio término ya comenzó. El tono fue combativo, no conciliador. La apelación fue a la movilización, no al consenso. Más que tender puentes con un Congreso dividido, el mensaje reforzó la narrativa de confrontación: tribunales que estorban, legisladores que bloquean, opositores que conspiran. Es una estrategia políticamente eficaz para consolidar apoyos, pero arriesgada para la estabilidad institucional.
El Estado de la Unión históricamente ha sido un momento para hablarle al país completo. Anoche, el destinatario parecía ser principalmente el electorado propio. Seguramente escuchamos, como es tradición, que “el estado de la unión es fuerte”. La frase es casi obligatoria. Pero la fortaleza no se decreta; se demuestra.
Se demuestra enfrentando los retos con honestidad. Reconociendo límites. Admitiendo tropiezos. Presentando planes viables más allá de consignas. Un discurso de una hora y cuarenta minutos puede impresionar por su duración. Pero la extensión no sustituye la sustancia. La repetición no reemplaza la rendición de cuentas. El país no necesita una narrativa perfecta. Necesita claridad. Necesita dirección basada en hechos, no en escenarios ideales.
La pregunta que queda, tras los aplausos y las respuestas partidistas, no es si el presidente logró energizar a su base. Probablemente lo hizo. La pregunta es si logró convencer a quienes viven en la realidad cotidiana de precios altos, incertidumbre laboral y desconfianza institucional. Ese será el verdadero examen entre ahora y noviembre. Porque el Estado de la Unión no se mide por la duración del discurso, sino por la distancia entre lo que se proclama desde el podio y lo que se vive fuera de él.
