El reciente enfrentamiento entre el Pentágono y la empresa Anthropic no es solo una disputa contractual. Es un síntoma de algo más profundo: la inteligencia artificial está expandiendo las capacidades de vigilancia a una velocidad que el marco legal estadounidense no ha logrado alcanzar.
Anthropic trazó una línea roja clara: no permitir que su sistema sea utilizado para vigilancia masiva doméstica. El Pentágono, por su parte, buscaba flexibilidad total dentro de lo que la ley actualmente permite. Y ahí está el problema. Hoy, lo que es legal no necesariamente es legítimo desde una perspectiva democrática o de protección de datos.
Desde el ángulo de cumplimiento regulatorio, el vacío es evidente. Estados Unidos carece de una ley federal integral de privacidad aplicable transversalmente al sector público y privado. La estructura sectorial se basa en normas como la Ley de Portabilidad y Responsabilidad del Seguro de Salud, la Ley Gramm-Leach-Bliley, la Ley de Derechos Educativos y Privacidad Familiar y la Ley de Protección de la Privacidad Infantil en Internet. Esto deja amplias zonas grises. Incluso bajo la Ley de la Comisión Federal de Comercio, la autoridad se centra en prácticas engañosas o desleales, no en limitar estructuralmente el poder de vigilancia estatal cuando adquiere datos comerciales.
El punto más delicado es la compra de datos disponibles comercialmente. Hoy, el gobierno puede adquirir registros detallados de movimientos y navegación sin orden judicial. Con inteligencia artificial (IA) avanzada, esos fragmentos de información, individualmente inofensivos, pueden ensamblarse en perfiles conductuales completos y automatizados.
Aquí es donde la tecnología transforma el análisis jurídico. La vigilancia tradicional era costosa y focalizada. La vigilancia potenciada por modelos fundacionales es barata, masiva y predictiva: reduce costos, escala sin fricción y convierte datos dispersos en inferencias conductuales. La capacidad de inferencia supera lo que el legislador imaginó al diseñar los estándares de expectativa razonable de privacidad.
Para Puerto Rico, donde la discusión sobre inteligencia artificial y privacidad aún es incipiente, este episodio debe servir como advertencia. No basta con adoptar tecnología; es imprescindible definir primero sus límites democráticos. Como profesional de privacidad, la conclusión es clara: el cumplimiento mínimo ya no es suficiente. La IA no solo procesa datos; reconfigura poder.
