Thursday, March 12, 2026
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Cuando Puerto Rico juega unido


Alejandro Figueroa + Columnista

Hay momentos en los que Puerto Rico se mira al espejo y recuerda quién es realmente. No como colonia, no como campo de batalla político, no como sociedad fragmentada por debates interminables, sino como un pueblo vibrante que late al mismo ritmo. El Clásico Mundial de Béisbol ha vuelto a recordarnos precisamente eso: que cuando se trata de deporte, los puertorriqueños sabemos unirnos como pocas veces ocurre en otros ámbitos de nuestra vida colectiva.

Durante estos días, el Estadio Hiram Bithorn se ha convertido en mucho más que un parque de pelota. Ha sido un punto de encuentro para miles de boricuas que, vestidos de rojo, azul y blanco, han llegado con un mismo propósito: apoyar a su equipo y celebrar lo que significa ser puertorriqueño. Allí no importa la afiliación política, la procedencia social ni las diferencias ideológicas. En las gradas, todos somos parte del mismo equipo.

El desempeño de nuestra novena durante esta primera ronda celebrada en Puerto Rico ha sido motivo de orgullo. Con la cría y el talento que caracteriza al béisbol boricua, la novena puertorriqueña se ha crecido en el terreno de juego y ha mantenido una marca invicta en esta primera ronda, demostrando su profundidad y carácter competitivo aun cuando los organizadores del torneo no permitieron la participación de figuras estelares como Francisco Lindor, Javier Báez y Carlos Correa en esta edición del Clásico. Cada jugada, cada carrera anotada y cada victoria ha sido celebrada como una reafirmación del talento que históricamente ha distinguido a nuestros peloteros.

Pero el éxito que hemos visto en el diamante no ha ocurrido por casualidad. También ha sido el resultado de una organización de primer nivel detrás del evento. El equipo de producción del torneo ha logrado presentar un espectáculo deportivo de calibre internacional, demostrando que Puerto Rico tiene la capacidad logística y profesional para albergar eventos de esta magnitud.

Igualmente importante ha sido la colaboración entre los organizadores y la administración municipal de San Juan, liderada por el alcalde Miguel Romero.

La remodelación del Estadio Hiram Bithorn ha sido pieza clave para que la capital pudiera recibir nuevamente una ronda del Clásico Mundial. Las mejoras a las instalaciones no solo elevan la experiencia para fanáticos y jugadores, sino que posicionan a Puerto Rico como sede atractiva para futuros eventos deportivos internacionales.

Este esfuerzo conjunto entre el sector público, la organización del torneo y la comunidad deportiva demuestra algo que a veces olvidamos: cuando los puertorriqueños trabajamos unidos, somos capaces de lograr grandes cosas. No es una aspiración abstracta; es una realidad que vemos reflejada en cada asiento lleno del Bithorn y en cada bandera ondeando en las gradas.

El béisbol, como otros deportes, tiene esa capacidad especial de recordarnos lo que compartimos. Nos recuerda que nuestra identidad colectiva es mucho más fuerte que las diferencias que con frecuencia dominan el debate público.

Son muchas más las cosas que nos unen que las que nos dividen. Sin embargo, con demasiada frecuencia permitimos que las discusiones políticas o sociales ocupen todo el espacio de nuestra conversación nacional. Mientras tanto, experiencias como el Clásico Mundial nos enseñan que es posible trabajar juntos, celebrar juntos y proyectar lo mejor de Puerto Rico ante el mundo.

Quizás ahí radica la verdadera lección de estos días de béisbol en el Hiram Bithorn. No se trata únicamente de victorias en el terreno de juego. Se trata de recordar que el país que vemos en las gradas, unido, entusiasta, orgulloso, es el mismo país que podríamos construir todos los días si decidiéramos enfocar nuestras energías en lo que nos une.

Puerto Rico tiene talento, tiene pasión y tiene capacidad. Lo que a veces falta es la voluntad colectiva de remar en la misma dirección. Si algo nos enseña el Clásico Mundial es que, cuando Puerto Rico juega unido, puede competir con cualquiera. Y esa es una lección que va mucho más allá del béisbol.

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