Recientemente se han publicado reflexiones sobre el desempeño del Puerto de San Juan, muchas de ellas redactadas con gran confianza por personas ajenas al ámbito práctico de la navegación. Aun cuando aportan a la discusión, parten más de apreciaciones administrativas que de vivencias operacionales. Entre sus conclusiones sobresale la noción de que la seguridad puede sostenerse reduciendo capacidad técnica y apoyándose casi por completo en la coordinación humana. Suena atractiva en teoría; en la realidad, el panorama es bastante distinto.
Es cierto que las maniobras marítimas requieren un control preciso de la potencia. Ese es el fundamento del oficio. Pero utilizar ese argumento para restarle peso a la disponibilidad de potencia —sobre todo en un puerto estrecho, con vientos constantes y tránsito diverso— implica desconocer cómo se gestiona el riesgo. La coordinación es indispensable, pero no reemplaza la capacidad mínima que permite reaccionar con rapidez y eficacia ante lo inesperado.
Al igual que en la aviación o en los sistemas energéticos, la seguridad marítima no se debe medir por la potencia usada en un día perfecto, sino de la que está lista para activarse cuando las variables cambian: la falla de un remolcador, una avería súbita de la nave asistida, o condiciones de viento que se modifican en segundos. Estos escenarios no son sorpresas; se anticipan y se planifican. Por eso se requiere potencia en reserva. Considerarla un “exceso” equivale a desconocer que las emergencias no se rigen por promedios ni se ajustan a teorías. Un remolcador con capacidad limitada no facilita la coordinación, sino que la restringe.
Asimismo, es importante distinguir entre criterios técnicos y visiones comerciales. Las empresas de remolcadores y los sectores navieros, legítimamente enfocados en eficiencia y costos, no cargan con la misma responsabilidad que los profesionales que ejecutan las maniobras más delicadas. Los puertos de mayor estándar evitan que consideraciones administrativas determinen los niveles de capacidad o la variedad de servicios esenciales para sostener un sistema seguro. La infraestructura crítica del país no puede quedar sujeta a interpretaciones que, aun sin intención, reduzcan la diversidad técnica que la seguridad demanda.
La seguridad portuaria no se sostiene con metáforas ni voluntarismos. Se sostiene con criterio técnico, capacidad adecuada y la conciencia de que, en el mar, la potencia que parece “sobrar” suele ser la que salva el día sin que se publique como noticia.
