Tuesday, January 20, 2026
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Imperios, poder y el temor a perder el centro


Luis Raúl Torres

La historia no se repite de forma mecánica, pero rima. En distintos momentos, cuando una potencia percibe que su centralidad económica, militar o cultural comienza a erosionarse, surge la tentación de reafirmar el poder mediante la expansión. No siempre por ambición desnuda, sino por miedo al desplazamiento. Ese impulso estuvo presente en el esplendor del Imperio romano bajo Julio César y vuelve a manifestarse, con otros códigos y otros escenarios, en la política exterior del presidente Donald Trump hacia las Américas y el Ártico.

Julio César no expandió Roma únicamente por gloria personal. Su proyecto respondía a una lógica más profunda: asegurar las fronteras, controlar rutas comerciales, neutralizar amenazas emergentes y garantizar la supremacía romana en un mundo que comenzaba a interconectarse. La Galia, más que un territorio bárbaro, era un espacio estratégico. Su control significaba riqueza, seguridad y prestigio político interno. Roma entendía que si no avanzaba, otros lo harían.

Ese razonamiento, trasladado al siglo XXI, reaparece en la visión geopolítica de Estados Unidos bajo el presidente Trump. La expansión no se formula como conquista territorial clásica, sino como proyección económica, militar y estratégica. América Central, el Caribe y América del Sur reaparecen como zonas de influencia prioritaria, no por romanticismo hemisférico, sino por una preocupación concreta, la creciente presencia de China, Rusia e Irán en regiones que históricamente Estados Unidos consideró parte de su esfera natural.

China avanza con inversiones, infraestructura, puertos y financiamiento. Rusia busca acuerdos militares, energéticos y simbólicos. Irán establece vínculos estratégicos con gobiernos hostiles a Washington. Frente a ese escenario, la respuesta de Trump no es la diplomacia paciente, sino la reafirmación del poder duro como el control de rutas, presión económica, disuasión militar y mensajes claros de dominación regional. Como Roma, Estados Unidos parece decir, “si no ocupamos el centro, alguien más lo hará”.

La intención de anexar o controlar Groenlandia encaja en esa lógica. No se trata de una excentricidad ni de una ocurrencia. Groenlandia es el Ártico y el Ártico es el futuro para rutas marítimas, recursos estratégicos, defensa misilística y competencia entre grandes potencias. Roma aseguraba el Mediterráneo, Estados Unidos busca asegurar los polos. La geografía sigue siendo destino.

Sin embargo, la filosofía política nos advierte de un riesgo permanente. Los imperios que se expanden para proteger su centro suelen confundir seguridad con dominación. Roma, en su momento de mayor poder, comenzó también su declive. No por falta de ejércitos, sino por sobrecarga imperial, tensiones internas y la erosión de su legitimidad moral. ¡El poder que se impone sin consentimiento genera obediencia, pero no lealtad duradera!

Aquí surge la pregunta esencial: ¿Puede una potencia sostener su liderazgo solo mediante la fuerza? La historia sugiere que no. El verdadero poder combina capacidad militar, solidez económica y autoridad moral. Cuando una nación se percibe como garante de estabilidad, prosperidad y respeto a la soberanía, lidera. Cuando se percibe como imposición, domina hasta que deja de hacerlo.

La comparación entre Roma y Estados Unidos no es un juicio definitivo, sino una advertencia. La geopolítica moderna no se libra solo con ejércitos, sino con legitimidad, alianzas y coherencia ética. El miedo a perder el centro puede justificar la expansión, pero también puede acelerar el desgaste.

Al final, toda potencia enfrenta la misma encrucijada filosófica, expandirse para no caer o transformarse para perdurar. Roma eligió lo primero. La historia juzgó el resultado. El siglo XXI aún está escribiendo el suyo. Evalúe usted.

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