Saturday, February 21, 2026
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Willie Colón, memoria sonora de una generación


Willie Colón Imagen de archivo. (Dennis Jones/Dennis A. Jones)

La historia de la salsa no puede escribirse sin Willie Colón. No solo porque su trombón marcó una estética sonora inconfundible, sino porque su obra tradujo en música la experiencia social de una generación caribeña que aprendió a sobrevivir, y a afirmarse, en la urbe neoyorquina de finales de los años sesenta.

Desde sus comienzos, Colón fue el muchacho intrépido que irrumpió en un ambiente dominado por figuras consagradas. Aquel adolescente del Bronx, hijo de puertorriqueños, cargó sobre sus hombros el prejuicio que pesaba sobre la diáspora latina.

Su estilo, fuerte y desafiante, fue tachado de estridente. Su trombón, de inarmónico. Su juventud, de insolente. Sin embargo, esa supuesta “imperfección” resultó ser el germen de una revolución musical.

Colón entendió temprano que la música podía ser crónica social. Sus canciones retrataron la marginalidad, el racismo cotidiano, la nostalgia del emigrante y la esperanza de una comunidad que buscaba dignidad en la gran ciudad. Su obra convirtió el barrio en partitura y el sentimiento colectivo en ritmo.

Cuando en 1967 se integró al naciente sello Fania, junto a Jerry Masucci y Johnny Pacheco, la salsa encontró uno de sus arquitectos principales. Colón supo fusionar la tradición musical caribeña con la energía urbana de Nueva York y las influencias anglosajonas que permeaban el ambiente musical. Ese mestizaje sonoro no fue solo una fórmula estética. Fue una declaración identitaria.

El encuentro con el cantante Héctor Lavoe consolidó esa visión. El junte del trombonista neoyorquino y el sonero ponceño produjo una de las alianzas más importantes en la historia de la música latina. Durante siete años y 10 discos, la salsa adquirió una voz pícara, dolorosa, sandunguera y callejera. Canciones como Che Che Colé, Barrunto, Todo tiene su final o Juana Peña narraron las vicisitudes del emigrante con humor, ironía y ternura.

La imagen de “El Malo”, adoptada por Colón y Lavoe, no fue solo marketing. Representó la reivindicación simbólica del latino marginado, caricaturizado por los medios de poder. Aquella estética desafiante reclamaba respeto en una ciudad hostil. Era una respuesta cultural al desprecio.

En 1974, tras la separación con Lavoe, Colón continuó su camino como productor y arreglista. Su unión con Rubén Blades marcó otra etapa decisiva. Con álbumes como Metiendo mano y Siembra, la salsa amplió su horizonte temático hacia la denuncia social y la narrativa urbana.

Pedro Navaja o Pablo Pueblo mostraron que el género podía ser crónica política sin perder su sabor bailable. De esa manera, Colón y Blades demostraron que la salsa era capaz de pensar. Que podía cantar la historia de los invisibles.

Otro de sus aportes fundamentales fue tender puentes entre la diáspora y Puerto Rico. Producciones como Asalto navideño integraron el cuatro puertorriqueño y el imaginario jíbaro al sonido neoyorquino, logrando que la salsa se sintiera, a la vez, urbana y campesina, migrante y nacional. Aquella fusión permitió que la Isla reconociera en la salsa una expresión auténtica de su identidad cultural.

La trayectoria de William Anthony Colón Román, que nació el 28 de abril de 1950, en el Bronx, también incluyó colaboraciones memorables con Celia Cruz, Ismael Miranda, Soledad Bravo, Tania Libertad y otros artistas, así como una carrera en solitario que mostró nuevas texturas orquestales. Pero más allá de los discos de oro o las nominaciones al Grammy, su legado reside en haber dado voz a su gente.

Colón fue músico, productor, activista y narrador de la experiencia latina. Por momentos, su trabajo cívico y político acompañó su compromiso artístico, confirmando que la salsa podía ser instrumento de conciencia social.

Hoy, al despedirlo, no despedimos solo a un trombonista, productor, director y vocalista. Despedimos a uno de los cronistas de nuestra historia caribeña en el exilio. A un arquitecto de la salsa urbana que convirtió el dolor en melodía y la nostalgia en identidad.

En cada golpe de trombón late la memoria de los barrios del Bronx, la esperanza del emigrante y el orgullo de un pueblo que aprendió a decir, con ritmo y dignidad, que también pertenece.

Willie Colón no solo hizo música. Construyó un puente entre la diáspora y la patria. Y en ese puente seguimos bailando nuestra historia.

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