Aún en medio de la guerra, el mundo ha tratado de establecer límites. Líneas rojas imperfectas pero necesarias. La crisis actual vinculada con Irán vuelve a poner en evidencia lo peligroso que resulta cuando esas barreras comienzan a desaparecer.
Irán no es un actor inocente. Su historial de tensiones regionales, su apoyo a grupos armados y su retórica confrontacional lo convierten en un factor de inestabilidad global. Reconocer esto es indispensable. Pero precisamente por eso, cuando los líderes de las potencias mundiales abandonan las reglas que han servido para contener conflictos, el riesgo no disminuye: aumenta.
Durante décadas, el derecho internacional y las normas de la guerra han funcionado como un mínimo común denominador. La protección de civiles, la proporcionalidad en las respuestas militares y la contención de los conflictos han sido herramientas para evitar escaladas incontrolables. No siempre se han respetado, pero su existencia ha marcado una diferencia.
Las acciones del presidente Donald Trump en Oriente Medio, particularmente aquellas que rompen con prácticas históricas de contención, representan un punto de inflexión. Más allá de la discusión política, el problema es el precedente. Cuando una potencia decide actuar al margen de esos límites, abre la puerta para que otros actores, incluyendo regímenes hostiles, hagan lo mismo.
El resultado es un mundo más impredecible. La distinción entre frentes de guerra y espacios civiles se debilita. Las represalias dejan de ser excepcionales y pasan a ser parte de la lógica del conflicto. Y cuando eso ocurre, ningún país queda al margen.
Ese es el costo mayor de esta promesa rota. Trump llegó al poder prometiendo evitar nuevas guerras en Oriente Medio. Sin embargo, la dinámica actual apunta a una escalada sostenida, donde cada acción aumenta la probabilidad de una respuesta aún más peligrosa.
La historia demuestra que, cuando se erosionan las normas que limitan la guerra, las consecuencias no se quedan en una región. Se expanden. La crisis con Irán no es solo un conflicto lejano. Es una advertencia.
Porque cuando desaparecen las líneas que alguna vez protegieron al mundo incluso en tiempos de guerra, la seguridad deja de ser una garantía y se convierte en una apuesta. Y esa apuesta la pagamos todos.
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