Quizás la imagen más triste que pueda ver un cubano es la foto satelital que muestra la perla de las Antillas de noche, sumida en la oscuridad. Una metáfora perfecta de lo que ha dejado la revolución. Cuba exportó al hemisferio un modelo que nunca funcionó. Para muestra, un botón. Cuba es hoy un país en ruinas, tirado al olvido. Hasta hace poco era como una pieza de ajedrez retirada del tablero y descartada en un cajón. Ahora, al igual que Venezuela, Irán y la pobre Groenlandia, de repente está en boca de todos.
Mientras el mundo espera a ver qué pasa, los jerarcas cubanos intentan sembrar en las nuevas generaciones la idea de que es un país sin opciones, sin futuro, y que debe seguir apegado al viejo refrán de “Patria o Muerte”, cuando el pueblo lo que pide es “Patria y Vida”. Un régimen que nunca ha respetado la soberanía de nadie pide que le respeten la suya. Hagan lo que yo digo y no lo que yo hago, olvidando las intervenciones en Angola, Nicaragua, El Salvador y Venezuela, entre muchas otras.
Si te conviertes en el enemigo de tu vecino; espías a tu vecino y vendes sus secretos de inteligencia a sus enemigos; y si tus espías, considerados héroes nacionales, son condenados por asesinato con el debido proceso de ley que no existe en su país, te expones a que tu vecino rinda cuentas y se defienda. Basta ya de hacerse la víctima y seamos responsables cada cual de nuestros actos.
Vamos al tema.
Cuba es un país con gran capital humano y con más recursos de lo que muchos piensan. ¿Acaso no puede, en lugar de exportar una revolución fracasada, exportar biotecnología? ¿En lugar de exportar médicos en condiciones de esclavitud moderna, liberar la creatividad y audacia de un pueblo que anhela vivir mejor? ¿Por qué empecinarse en aprisionar lo más valioso de Cuba: su gente? ¿Por qué continuar desaprovechando su estratégica ubicación geográfica? ¿Por qué no pedirle la mano a un vecino que tiene más recursos que nadie?
Los actuales jerarcas del régimen se atrincheran bajo la bandera de la supuesta “soberanía” para descartar cualquier alternativa que no sea la vía, demostradamente fracasada, del comunismo. Seamos honestos: Cuba nunca ha sido “libre y soberana” desde que Colón arribó a sus playas. No lo fue bajo el Imperio Español, ni durante la época de la Enmienda Platt, y tampoco con la Unión Soviética.
Ni soberana ni libre.
La historia de Cuba es la de un país cuya soberanía ha sido constantemente negociada con potencias extranjeras. En las últimas dos décadas, marcadas por una relación “simbiótica” con Venezuela, un país que intentó emular a la revolución castrista y lo único que logró fue repetir sus fracasos. Su herencia ha sido una crónica vulnerabilidad institucional y dependencia de alianzas foráneas para mantener la estabilidad interna. Todo por el capricho del poder en los últimos 67 años de la revolución cubana.
La lucha por la independencia culminó en 1898, cuando los estadounidenses, empeñados en crear su propio imperio, despacharon a los españoles en Cuba y las Filipinas, en lo que después se conoció como la Guerra Hispano-Americana. Fue el 20 de mayo de 1902 cuando el general americano Leonard Wood al fin recogió las barras y las estrellas y por primera vez ondeó en Cuba su propia bandera. Este hecho marcó el inicio de un protectorado formalizado mediante la Enmienda Platt. Acuerdo que integró a Cuba en la órbita económica y política de Estados Unidos y creó una relación de dependencia.
Los años subsiguientes nunca vieron una Cuba verdaderamente libre y soberana. Nunca hubo una democracia firmemente establecida.
Al derrocar a Batista y establecer un régimen socialista aliado con la Unión Soviética, Cuba se convirtió en foco del conflicto ideológico en el corazón de América. En esa época era una pieza importante en la partida de ajedrez entre soviéticos y estadounidenses.
La nueva dirección adoptó una política exterior expansionista. Sí, intervino constantemente en la política interna de otros países, o se prestó como agente para esa intervención. Exportó la revolución mediante apoyo militar, logístico y diplomático a movimientos guerrilleros y partidos comunistas regionales. Convirtió a Cuba en un actor desestabilizador clave.
El momento de mayor tensión con Estados Unidos fue, sin duda, la Crisis de los Misiles (1962), que consolidó el antagonismo bilateral. Esta actitud de Cuba atrasó e impidió el desarrollo de muchos países latinoamericanos, acercándolos a los no muy amigos de su vecino, los Estados Unidos.
Por lo que a nadie debe sorprenderle que Cuba se desangre de su mayor riqueza: el talento humano. Entre 2019 y 2025 la emigración acelerada ha reducido la población de 11 millones a menos de 9.
Ya es hora de que la supuesta revolución cubana se encargue de sus ciudadanos y no pida más sacrificios. Llegó la hora de tener políticas públicas que beneficien a los ciudadanos y no solo a unos pocos. Es hora de tener los pantalones y hacerse responsable de todos los cubanos y no solo de aquellos que apoyan a una dictadura neomonárquica. Una dictadura vieja, cansada y estropeada —que, al igual que los viejos carros que colman La Habana— se quedó sin gasolina.
Cuba ¿Diamante en bruto?
A solo 90 millas de Florida y en el cruce de las principales rutas marítimas del Caribe, Cuba posee una de las ubicaciones estratégicas más valiosas del hemisferio occidental. Bien aprovechada, podría convertir a la isla en un hub logístico capaz de reducir tiempos de transporte de semanas a días.
El potencial no termina ahí. Cuba cuenta con importantes reservas de níquel y cobalto, minerales esenciales para la industria de baterías de vehículos eléctricos y para las cadenas de suministro energéticas del siglo XXI. Con inversión y tecnología, estos recursos podrían colocar al país en una posición relevante dentro de la nueva economía industrial.
A esto se suma un activo aún más poderoso: su gente. La diáspora cubana ha demostrado en Miami y en muchas otras ciudades del mundo una extraordinaria capacidad empresarial. Si algún día parte de ese capital, conocimiento y experiencia regresan a la isla, el impacto económico sería histórico.
Además, en una era en la que las empresas buscan acercar la producción a los mercados de consumo, Cuba tiene una ventaja natural. Su proximidad a Estados Unidos la convierte en un candidato ideal para albergar manufactura avanzada: bienes intermedios, dispositivos médicos y componentes electrónicos que requieren rapidez logística y estabilidad regional.
Transformar a Cuba en un centro industrial moderno no sería solo una oportunidad económica. También tendría profundas implicaciones estratégicas para Estados Unidos y Occidente al fortalecer el Caribe frente a la creciente influencia de China y Rusia.
Sin embargo, todo ese potencial permanece enterrado bajo décadas de ineficiencia económica, aislamiento internacional y ausencia de libertades.
La verdadera riqueza de Cuba no está solo en sus minerales ni en su geografía. Está en el talento, la creatividad y la resiliencia del pueblo cubano. Ese capital humano ha prosperado donde ha encontrado libertad y oportunidades.
Para que ese mismo milagro ocurra dentro de la isla, será necesaria una transición real hacia instituciones abiertas, economía de mercado y estado de derecho.
Solo entonces Cuba podrá dejar de ser ese oscuro punto que muestran los satélites por la noche y convertirse en lo que siempre pudo ser: un diamante brillante en el corazón del Caribe.
