Hay documentales que te cuentan una vida. Y hay otros, más calculados, que imponen una intención.
El de Melania —que ha llegado a las salas de cine con alfombra negra y toda la parafernalia del poder— no se vende como una película más en la cartelera, sino como un statement: aquí estoy, así soy y, sobre todo, así se ve el poder cuando se filma desde adentro.
La polémica no es su existencia. No es la primera vez que el poder busca el autorretrato; la obsesión por controlar la narrativa es universal. Si en México la tendencia reciente ha sido la tinta y el papel —recordemos el Diario de una transición histórica editado por la presidenta Claudia Sheinbaum sobre su gira final hacia Palacio Nacional—, Melania ha optado por la pantalla grande. El formato cambia, pero el fondo es el mismo: fijar la historia propia antes de que la escriban otros.
Sin embargo, en el caso de la ex y primera dama, lo que escandaliza es el tamaño del costo de la producción. Amazon MGM Studios puso sobre la mesa una cifra que, para el género documental, huele a superproducción de Hollywood: 40 millones de dólares.
Ante tal despliegue de cifras y ruido mediático, decidí hacer lo que exige el oficio: verlo. Me senté frente a la pantalla para formar mi propia opinión y no quedarme con la versión masticada por los demás. Como periodista, uno tiene la obligación de no dejarse arrastrar por esos altavoces estridentes que, desde uno y otro bando, buscan dominar la opinión pública. Quería ver, sin intermediarios, de qué versa realmente este artefacto cultural.
Y lo que encontré no es improvisado. Aunque en México ya conocemos el género —imposible olvidar “Esto soy” de López Obrador producido por Epigmenio Ibarra—, Melania opera en otra frecuencia. Mientras AMLO buscaba la épica del movimiento, este se vende como una ventana a un periodo de Estado… pero con perfume de la revista ¡HOLA! o Vogue.
La cinta se centra en los 20 días previos a la investidura de enero de 2025: logística, familia, ensayos y traslados. No deja lugar a dudas sobre la obsesión central: la estética del poder. El vestuario como mensaje y la pose como diplomacia. AP lo resume bien: es un intento de ponerle cara —y relato— a una figura que sigue siendo enigmática.
Al verlo, entiendes el truco: enigmática, sí; ausente, no. En la pantalla desfilan Mar-a-Lago, la Casa Blanca y la Torre Trump en Nueva York. El mensaje implícito es claro: “No me busquen en la calle; búsquenme en los recintos donde se fabrica la historia”. Cuando tú produces, tú eliges el encuadre. Y cuando tienes una campaña de marketing tamaño blockbuster, no estás simplemente “estrenando”: estás ocupando el espacio público.
Lo que verdaderamente intriga tras el visionado no es el vestido, sino el “¿por qué ahora?”. El documental intenta responder la pregunta que persigue a Donald Trump desde su órbita familiar: ¿quién es ella cuando él no está en la foto? La respuesta del filme es una cuidadosa curaduría de roles: hija, esposa, madre, empresaria, estratega del gesto y defensora de causas como “Be Best”. Es la narrativa de la oportunidad americana, diseñada para blindar a una figura europea en el corazón del nacionalismo estadounidense.
Pero seamos sinceros: este tipo de ejercicio no es para cualquiera. En México, una producción así se le habría antojado a una Angélica Rivera en sus años dorados o a una Mariana Rodríguez en la era del reel; en España, a la Reina Letizia le quedaría como un guante. Pero no basta con querer. En política, el documental te puede consagrar… o te puede sellar.
El riesgo de Melania es convertirse en un plebiscito de 40 millones de dólares. Si pega, es un evento global; si no, es un capricho carísimo. Al final, esta historia no trata solo de Melania Trump. Trata de algo más grande: la política entendida como espectáculo y el espectáculo usado como defensa.
Porque a veces, en la cima, el silencio cuesta caro… pero el relato propio cuesta más.
